miércoles, 25 de diciembre de 2013

Sobre la construcción de la realidad



Cuando estoy estudiando, suelo señalar con rotulador fluorescente lo que considero que es más importante para que resalte sobre el resto y mi atención se dirija intuitivamente a esa parte del folio nada más mirarlo.

Me ocurre a veces que, al no tener un criterio claro sobre qué es lo más importante, acabo subrayando la mayor parte del texto en las sucesivas lecturas.

Es entonces, al estar casi todo subrayado, cuando empiezo a darme cuenta de que la parte que ahora llama mi atención es, paradójicamente, la que está sin fluorescente, porque es la que más destaca sobre la nueva normalidad. A partir de ese momento, empiezo a dejar de subrayar sólamente lo que considero que es más importante.


Cuando sucede esto, me viene a la cabeza algo que Andy Warhol escribió hace unos años...

Cuando estás en Suecia y ves una y otra y otra persona hermosa hasta que finalmente ya ni te giras para mirar porque sabes que la próxima que encuentres será tan hermosa como aquella por la que no te molestaste en girarte para mirar, cuando estás en un lugar así puedes llegar a aburrirte tanto que cuando ves a una persona que no es hermosa, te parece muy hermosa porque rompe con la hermosa monotonía (1981).






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Outlet emocional


- ¿Cuándo vas a empezar a hacer lo que quieras?

- Cuando tú me digas.









Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Construcción de la conducta neurótica


Me senté frente al ordenador y comencé a escribir, como cada semana, un nuevo texto para el blog. Habitualmente cuando me siento a escribir ya tengo pensada la idea que voy a desarrollar, sin embargo esta vez ocurrió algo que iba a condicionar el relato que estaba narrando. Una situación inesperada que me obligó a tomar algunas decisiones de una trascendencia vital:

Los hechos se iniciaron aparentemente en un punto y aparte cualquiera cuando ya llevaba varios párrafos escritos. En ese preciso instante en el que, después de haber puesto el punto que concluye un párrafo, pasé a una nueva línea para continuar con el siguiente.

Todavía no había terminado de escribir la primera frase cuando me di cuenta de que las palabras de este nuevo párrafo no tenían nada que ver con las anteriores. El tipo y tamaño de letra que ahora aparecían eran totalmente diferentes a las que yo había seleccionado. Inmediatamente, y como si fuera un acto reflejo, borré toda la frase hasta que volví a situarme al final del párrafo anterior para repetir el ritual de pasar al siguiente de nuevo y poder continuar con la tipografía que estaba utilizando hasta entonces.

No hubo suerte: al empezar a escribir de nuevo, volvió a aparecer esa tipografía extraña que tanto chirriaba con la anterior. No comprendía cómo, sin haber tocado nada -al menos de forma voluntaria o consciente- las condiciones para seguir escribiendo habían cambiado de este modo. Parecía como si a partir de ese momento estuviera obligado a escribir de una forma que ni había elegido ni me gustaba.

Intenté rectificar el texto de la única forma que sabía -borrando y volviendo a escribir- pero después de cuatro o cinco intentos me di cuenta de que con esa estrategia no iba a solucionar nada. De hecho, con cada intento empeoraba la situación porque me iba sintiendo más frustrado y percibía lo que estaba escribiendo como más incongruente.

Empezaba a estar convencido de que, al desconocer la causa del problema, me iba a resultar imposible rectificarlo.

Entonces lo vi claro: en lugar de gastar energía intentando identificar el origen de ese extraño cambio, me resultaría menos costoso modificar el resto del texto para adaptarlo a la nueva tipografía. Pensándolo bien, lo que más me preocupaba no era tanto el síntoma en sí como el problema que pudiera evidenciar. De este modo, al adaptar el entorno al síntoma, este no se hacía evidente y mi preocupación desaparecería. 

Así, con los nuevos cambios -esta vez voluntarios- el texto fue adquiriendo apariencia de normalidad  y coherencia al no haber ningún elemento que llamara la atención. Sin embargo, pese a que esta solución me aportó sensación de tranquilidad a corto plazo, resultó no ser más que un espejismo, ya que aunque había conseguido ocultar el síntoma, el problema seguía latente. Es decir, que pese a que la apariencia era de orden, seguía sin tener control alguno sobre el problema subyacente y podía volver a manifestarse en cualquier momento. 

Empecé a comprender entonces que lo más grave no era tanto la falta de control sobre el problema, como que a partir de ese momento pasaba a estar condicionado por el síntoma que lo manifestaba, ya que al decidir ocultarlo, era este el que empezaba a determinar las reglas del texto. 

Poco después llegó la siguiente fase del proceso: al haber tenido que forzar todo el texto para adaptarlo al síntoma y que este no fuera delatado, comenzaron a surgir nuevos síntomas en partes que hasta ese momento no habían presentado problema alguno, viéndome obligado entonces a ocultarlos, haciendo malabarismos cada vez más complicados para ir adaptando el texto y poder seguir manteniendo la apariencia de "normalidad".

De este modo, queriendo convencerme de que esa apariencia era real, fui distorsionando los recuerdos y perdiendo la perspectiva sobre los acontecimientos. Me había convertido así en esclavo de un problema que, decisión a decisión, yo mismo había ido creando.

Finalmente, cansado ya de la situación, he optado por identificar el lugar exacto en el que apareció el primer síntoma con la intención de comprender el problema y, esta vez sí, buscar una solución auténtica. Sin embargo, me doy cuenta de que al haberme esforzado tanto por ir enmascarándolo, ha quedado tan oculto que ahora me resulta imposible acceder a él por mí mismo. 






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Encuentra las 1000 diferencias



- Estoy contigo porque no puedo imaginarme sin ti.

- Estoy contigo precisamente porque puedo imaginarme sin ti.








Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Psicodrama

- Como no soporto la idea de decepcionarte y saber que te he hecho daño, si sé que lo estás pasando mal por mi culpa después de haberte dejado, tengo la necesidad de hacer que no te sientas así y te busco y te hablo y te trato con cariño.

- Como me has dejado y lo estoy pasando mal, la única forma de convivir con tu ausencia es alejarme de ti creando argumentos que me convenzan de que no me convienes, pero esto lo impide el que me busques, me hables y me trates con cariño, ya que sentir alivio hace que, paradójicamente, dependa de ti para dejar de sentirme mal por haberme dejado.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Es mejor que te hieda el aliento que dejar de respirar


Por fin lo cogiste al octavo día, seguramente porque en aquella ocasión no te estaba llamando desde mi teléfono.

Al principio no me atreví a decir nada. Tan sólo intentaba contener el llanto tragando saliva.

Enseguida te diste cuenta de que era yo de nuevo, y antes de que pudiera hablar, citaste aquella frase que nos gustaba tanto. Aquella que estaba en el libro de Eduardo Chillida que te regalé al regresar de nuestro viaje al País Vasco:

"El deseo de comunicación no debe ser tan fuerte como para cambiar lo que se desea comunicar con tal de seguir con esa comunicación".

A continuación me pediste que dijera algo, pero lo cierto es que yo ya no me atrevía ni a respirar.

Al poco me colgaste y desaparecí de tu mundo para siempre.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

El problema es la solución al problema








Esta mañana me he dado cuenta de que tengo que llamar otra vez al carpintero: la cinta que sirve para subir y bajar la persiana de mi dormitorio está de nuevo desgastada y a punto de romperse.

Es la tercera vez que me toca cambiarla en dos años.

Hasta ahora, cada vez que la cambiaba creía que iba a ser la definitiva. Pensaba que estaba solucionando el problema por el simple hecho de cambiar lo que se mostraba deteriorado, como si la causa del problema fuera lo mismo que el síntoma con el que se manifiesta.

Esta vez, sin embargo, me he fijado en un detalle que había pasado por alto las veces anteriores: la cinta siempre se rompe por el mismo sitio y de la misma forma, lo que parece indicar que roza con algo que no está visible en la superficie.

Esto significa que, para solucionar el verdadero problema, que es el que origina y mantiene el síntoma, lo que habría que hacer es un agujero en la pared. Esto permitiría detectar las causas reales, aunque a su vez, provocaría la aparición de otros problemas hasta ahora no visibles, directamente relacionados con el lento y progresivo deterioro que sufre la cinta cada vez que se cambia.

Esto podría suponer, quizá, un problema mayor, y lo cierto es que pese a tener la certeza de que se va a volver a romper, el tiempo que pasa hasta que esto ocurre es suficiente como para que apenas recuerde que la situación vuelve a ser la misma.

Creo que sigue compensando el tiempo durante el cual todavía no se aprecian los inevitables desgarros.

Decidido, vuelvo a cambiar la cinta.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Bucle 0,0


- Te estoy hablando ¿Por qué miras para otro lado?

- Porque apestas a certeza.







Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 30 de octubre de 2013

Constantes vitales



Cuando era pequeño, jugando en el campo con mi perro, me di cuenta de que si me quedaba quieto sin hacer nada sus ojos se dirigían con especial atención a determinadas partes de mi cuerpo: la boca, los ojos y las manos.

Me sorprendió que no mirara a ninguna otra parte o que lo hiciera de forma insignificante en comparación con el interés que mostraba por estas zonas concretas.

Mientras estaba frente a mí moviendo el rabo, iba cambiando la mirada de una parte a otra; de los ojos pasaba a las manos, de ahí a la boca y a los ojos de nuevo, luego volvía a la boca otra vez y de nuevo a las manos y a los ojos...

Al poco tiempo me di cuenta de que miraba esas partes porque eran sus fuentes de caricias: con los ojos recibía atención cuando lo miraba, con la boca lo llamaba para darle la comida, jugar con él o decirle cosas agradables y con las manos le daba el alimento y lo acariciaba.

La verdad es que tenía mucho sentido todo esto; el resto de partes del cuerpo no existían para él; no le ofrecían nada de provecho y seguramente su función no sería otra que la de mantener en sus posiciones las partes importantes que realmente configuraban a su amo.

A los pocos días se escapó del campo y cruzó la carretera sabiendo que no debía hacerlo. Cuando regresó se situó frente a mí con el rabo entre las piernas. En esta ocasión también miraba atentamente mis ojos, mi boca y mis manos.

No acababa de explicarme por qué en ese momento seguía mirando a estas partes si yo no estaba pensando precisamente en acariciarle.

Entonces entendí que las partes a las que miraba con tanta atención también eran fuente de castigo: con los ojos podía mirarle con desprecio o negarle la mirada; con la boca podía gritarle o mandarle a su caseta; con las manos podía azotarle, retirarle la comida o esconder su juguete.

Comprendí el poder que me ofrecía su actitud sumisa. Realmente estaba en mi mano acariciarle o castigarle según le quisiera ver moviendo el rabo o atemorizado.

También me di cuenta de que, independientemente del motivo que le provocara un estado u otro, lo que nunca iba a hacer por sí mismo es abandonarme, ya que aunque lo deseable es recibir caricias positivas, siempre va a ser preferible recibir caricias negativas (castigos) a no recibir caricia alguna.

Al fin y al cabo, cuando recibimos caricias negativas nos están prestando atención, y si nos prestan atención sentimos que, de algún modo, existimos para ese otro deseado.

Y eso nos sirve.







Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 23 de octubre de 2013

Esta vida es un quiero y no debo

- Qué triste que te reproches a ti mismo lo que no te atreves a reprocharle a los demás.

- Qué triste que siempre estés reconociendo a los demás lo que te gustaría que ellos te reconocieran a ti.








Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 16 de octubre de 2013

El goce hace el cariño

- Me apetece que me folles.

- ¿No es lo que acabo de hacer?

- Desde que me dejaste sólo sabes hacerme el amor.







Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 9 de octubre de 2013

La paz armada

Como he hecho algo que está mal pero no tengo el valor de contártelo, voy a hacer cosas que no me apetecen pero sé que valoras para poder convivir con el sentimiento de culpa.

Como me he dado cuenta de que has hecho algo malo y va a ser doloroso que hablemos de ello, voy a conformarme con que hagas cosas bonitas por mí obviando los motivos.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuanto más malo es uno menos malo se siente




Crees que te conoces mejor porque has aprendido a identificar qué es lo que buscas al hacer lo que haces. Ahora te falta lo más difícil, saber qué es lo que evitas al hacer lo que haces.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Nuevos planes, idénticas estrategias

Recuerdo el día en que decidí contarte todo lo que llevaba tiempo callándome: tú estabas relajada en la bañera y yo entré al aseo a mear. Mientras lo hacía comencé a decirte una a una todas las cosas que me daba cuenta que no funcionaban. Las actitudes que ya no soportaba de ti. Te expliqué lo frustrado que me sentía por la situación y la necesidad que tenía de volver a sentirme libre. Por fin estaba exteriorizando lo que me encogía el estómago desde hacía tiempo. Conforme hablaba, el alivio iba deshaciendo el maldito nudo. Empezaba a sentirme bien.

Cuando acabé de mear y volví la cara hacia el espejo sin dejar de decirte lo que pensaba, me di cuenta de que tenía la boca cerrada y que no la había abierto en todo el rato.

En ese momento te asomaste tras la cortina y me preguntaste si me quedaba mucho, que ibas a salir ya.

Acabaste de vestirte en seguida y nos fuimos a comer a casa de tus padres.

Entonces me prometí hacer las cosas de otra manera.

En este momento vuelvo la cara hacia el espejo.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Lo bueno es enemigo de lo mejor

No sé qué prefiero que salga de tu boca, lo que quiero oír o lo que necesito que me digas.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Antropología económica: "Teoría de la fractura"

Cuando en una pareja, una de las dos personas hace algo que molesta a la otra, la que recibe la fractura tiene dos opciones para hacérsela pagar:

Opción 1.- Cobrársela en ese mismo momento; bien hablando con ella diciéndole que no le ha gustado lo que ha hecho o bien comunicándole ese mensaje de forma no verbal mediante la expresión del enfado. Esta modalidad se denomina cobro a débito.

Opción 2.- Guardarse la fractura para cobrársela más adelante. En este caso, el hecho de posponer el cobro tiene la finalidad de darse permiso para devolverla (cobrársela) en otro momento, cuando le pueda sacar una mayor rentabilidad o plusvalía. A este modo lo denominamos cobro a crédito.

Sea cual sea la modalidad seleccionada, la persona causante de la fractura deberá asumir la forma de pago que decida su pareja.

Cuando la decisión ha sido utilizar la segunda modalidad, lo más probable es que al realizarse el cobro, la persona que realizó en su momento el gasto, perciba que su pareja le ha impuesto demasiados intereses, por lo que a su vez, se dará permiso para hacer que se los devuelva en otro momento, entrando así en un círculo vicioso cuya única salida sería plantearse utilizar la primera modalidad, aunque al haberse acumulado los intereses por ambas partes, nunca llegará a compensar hablar sobre la deuda adquirida.

Cuando las fracturas, los préstamos y los intereses se han acumulado de tal modo que una de las dos partes muestra la intención de ejecutar el cobro del total, lo más común es que la fractura acabe en rotura.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Presentarse es hacerse presente

Ayer te refugiabas en el futuro,

Hoy te refugias en el pasado,

Mañana te refugiarás en el presente,

...y nadie habrá sabido de ti.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 28 de agosto de 2013

Tabúes interiores







Me limité a contemplar el inevitable desmoronamiento de nuestra relación. Me conformé con la opción más cómoda: dejar que ocurriera sin hacer nada.

Esta decisión generó, sin embargo, algunas consecuencias con las que no había contado: comencé a tener problemas para conciliar el sueño y cuando lo conseguía, tenía sueños muy extraños. Sueños que se repetían noche tras noche y de los que, una vez despierto, no conservaba apenas ninguna imagen. Era como si mientras dormía, algo se me hubiera metido en los ojos y me impidiera ver lo que estaba sucediendo. Tan solo recordaba algunas sensaciones. Los músculos de mi cuerpo permanecían en tensión, como si estuvieran al límite del esfuerzo y se escuchaban golpes fuertes y secos, como metálicos.

Por las mañanas, al despertar, las sensaciones también se repetían. Sentía mi cuerpo muy pesado y los brazos doloridos y rígidos. Me costaba mucho moverlos y tenía que esperar varios minutos hasta que pudieran recuperar algo de agilidad. 

El resto del tiempo continuaba con mi actitud contemplativa ante el acontecimiento e intentaba que el progresivo cansancio que iba acumulando de las noches no me impidiera observar con detalle cómo, lo que en principio eran grietas superficiales, se habían ido convirtiendo en profundos y oscuros cismas en los que nos estábamos perdiendo.

El derrumbe parecía inminente. Algunos pedazos ya se habían precipitado y la parte que todavía se sostenía en pie no parecía que fuera a recuperar la estabilidad.

En aquel momento, sin perder el desastre de vista, comencé a caminar hacia atrás para intentar que no me dañara ningún probable desprendimiento. Entonces me percaté de lo que me estaba costando mover el cuerpo. Era como si pesara varias toneladas.

Como pude fui retrocediendo con pequeños pasos, pero cuando llevaba varios centímetros, al introducir mis manos en los bolsillos del pantalón sentí cómo los dedos se hundían en algo que costaba atravesar y dejé de retroceder. Cuando al fin logré introducirlas completamente, cerré los puños y los saqué de nuevo. ¡Tenía los bolsillos llenos de tierra!

Bajé la mirada para observar mi cuerpo y resultó tener la apariencia de estar muy hinchado. Me fui desabrochando los botones de la camisa y comenzaron a caer piedras y tierra del interior.

De la bragueta abierta también caía multitud de tierra que se iba amontonando a mis pies.

Estaba totalmente anclado al suelo y no me había distanciado lo suficiente como para observar el derrumbe sin quedar afectado por él.

Entonces se escuchó en lo alto un ruido brutal, pero ya no levanté la mirada. Sabía que era otro fragmento que se había desprendido, y también sabía que iba a caer directamente sobre mi cabeza.

Cerré los ojos con fuerza esperando el impacto.

Y desperté de golpe.

Abrí los ojos aturdido pero no podía ver nada. Era como si se me hubiera metido algo que me impidiera ver lo que estaba sucediendo. No tenía ni idea de dónde me encontraba.

Entonces me puse en pie y progresivamente la imagen se fue volviendo más nítida. Nítida hasta el punto de permitirme ver algo hasta entonces inconcebible.

Me encontraba en lo alto de un polvoriento montón de escombros empuñando un gran martillo metálico ya desgastado por el uso.

No quedaba nada en pie.

En ese momento me di cuenta de lo sucedido.

Justo cuando ya había terminado el trabajo comprendí que sólo se puede ver en la medida que se es capaz de soportar.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 21 de agosto de 2013

Lo urgente vs lo importante


Cuando era pequeño me encantaba meterme el dedo en la nariz.

Perdía la noción del espacio y el tiempo escarbando en mis orificios nasales, buscando algo mínimamente sólido que pudiera ser extraído, amasado y lanzado a cualquier parte.

Un fin de semana, después de haber pasado el día fuera con mis padres ocurrió algo insólito durante el viaje de vuelta a casa: los 45 minutos del trayecto en coche los pasé sin parar de sacarme mocos. Daba igual el agujero en el que metiera el dedo; cuando sacaba el que parecía ser el último, al buscar de nuevo siempre aparecía otro de similar calibre y textura esperando en algún rincón. 

Cuando llegamos a casa le comenté a mi madre lo sorprendido que estaba con lo ocurrido, ya que no entendía cómo mi nariz podía fabricar mocos a ese ritmo.

Mi sabia madre me explicó entonces que no era la nariz la responsable de crear esos mocos, sino que era yo, al introducir mis dedos sucios de no habérmelos lavado en todo el día, el que los creaba cada vez que metía el dedo para buscarlos.

En aquel momento creí que lo que me acababan de explicar era simplemente el origen de la formación de los mocos, pero fue años después cuando me di cuenta de la importancia vital de aquella lección:

Resulta que era yo mismo quien intentando dejar limpia mi nariz, iba creando la propia basura que después me encontraba y tan bien me hacía sentir al sacarla.

Había creado un círculo vicioso en el que me sentía útil creyendo que estaba solucionando algo, cuando lo que hacía realmente era crear y perpetuar el problema que después necesitaba solucionar. 

Si aquel viaje hubiera durado cinco horas podría haber estado cinco horas sacándome mocos, igual que si hubiera durado dos días... o si estuviera durando toda mi vida.

Actualmente continúo metiéndome el dedo de vez en cuando, aunque ahora soy más precavido y me lavo las manos antes de empezar. 

No quiero crear más mierda de la estrictamente necesaria.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 14 de agosto de 2013

Déjalos que brillen



Ocurre actualmente que solemos confundir el yo con el mi, como si lo que yo soy  tuviera algo que ver con lo que yo tengo.

De este modo, buscamos mejorar la idea de lo que somos consumiendo la expectativa de que, una vez nos pertenezca un determinado objeto, seremos algo cualitativamente diferente a lo que éramos antes de poseerlo.

Suele ocurrir también que una vez ese objeto es nuestro, la expectativa, y por tanto, el deseo, se esfuman provocando la aparición de un vacío que necesitaremos rellenar con nuevas expectativas y deseos...

...pasándonos la vida así, buscando la felicidad entre vacío y vacío.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 7 de agosto de 2013

La pescadilla que se muerde la boca



Llevo varios días con problemas para quedarme durmiendo y empieza a angustiarme la idea de que aparezca el insomnio, así que he decidido poner todos los medios para que esto no ocurra.

Lo primero que he hecho ha sido poner en facebook que me está costando mucho dormir. Luego he buscado información en Internet sobre el insomnio y en Wikipedia he leído que es recomendable minimizar la luz y el ruido al acostarme. He salido a comprarme un antifaz y unos tapones para los oídos. Al medio día he comido con un amigo y le he contado con detalle la angustia que siento por el miedo a no poder dormir. Por la tarde he hecho ejercicio para estar cansado por la noche. Al llegar a casa me he duchado y después me he bebido un vaso de leche y me he comido un plátano porque he visto en Internet que son fuente de triptófano, un aminoácido que ayuda a regular el sueño. He puesto en facebook que voy a acostarme y que a ver si esta noche hay suerte. Al entrar en mi habitación he bajado del todo la persiana y he cerrado la puerta. A continuación me he puesto los tapones en los oídos, he puesto el despertador mirando a la pared para no poder mirar el tiempo que ha pasado desde que me acosté. Me he tumbado en la posición en la que suelo dormir y me he puesto el antifaz. A continuación he hecho un esfuerzo por relajarme…


Se está haciendo de día y no he dormido absolutamente nada. Después de tener en varias ocasiones la sensación de volverme loco, me he dado cuenta de varias cosas:

Que es imposible quedarse durmiendo prestando atención a si esto ocurre o no.

Que temiendo que ocurriera algo, he acabado provocándolo.

Que un problema suele alcanzar la magnitud de la importancia que se le da.

Y que, por tanto, en la medida de lo posible hay que evitar evitar.



Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló


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miércoles, 31 de julio de 2013

Claustrofilia




Buscas mi caricia y temes mi castigo. Nunca cuestionas mis órdenes. Te sientes seguro cuando estoy presente y tiemblas de miedo cuando no me ves. Crees que soy lo mejor que puedes tener. Me pides sólamente lo que te he hecho creer que mereces. Saltas si te digo que saltes y miras para otro lado cuando quiero que lo hagas. 

Pasas por los sitios por los que yo quiero que pases. 

Te detienes cuando te digo que te detengas y continúas cuando te doy permiso.

Y lo cierto es que envidio la suerte que tienes.

La envidio, porque al menos tu correa es visible.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 24 de julio de 2013

Dos momentos neuróticos
























El primero se da cuando se evitan sistemáticamente las situaciones que provocan incomodidad, dolor o conflicto. En este momento uno se guía por lo que no quiere y depende continuamente de factores externos que decidirán por nosotros hacia dónde no dirigirnos, precipitándonos por el cómodo camino del corto plazo que nunca lleva hacia donde se quiere ir.

El segundo momento llega cuando se han tomado algunas decisiones difíciles y la fase anterior ha quedado atrás, lo que puede generar tanta autoconfianza que se acaba confundiendo con autosuficiencia, llegando a creer que uno ya no tiene nada que aprender de nadie.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló



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miércoles, 17 de julio de 2013

Provocar la casualidad



Lo mejor del fin de semana es el jueves.

Lo mejor del verano es mayo.

Lo mejor de viajar es cuando acabamos de decidir a dónde vamos.

Lo mejor de follar es cuando aún no nos hemos bajado los pantalones.

Lo mejor de Todo es cuando todavía Nada ha sucedido...






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 10 de julio de 2013

Lo personal es político


“Lo personal es político” es el lema utilizado por los movimientos feministas de los ’70 para hacer visible que en el ámbito personal o privado, se reproducen las relaciones de poder (patriarcal en este caso) del ámbito público o común, rompiendo así la ilusoria separación entre ambos espacios que en realidad son uno solo. De este modo abrieron la posibilidad a la problematización de estas relaciones y a la denuncia de las desigualdades que de ellas se derivan.

Esta idea me parece básica para comprender que cada uno de nosotros, como individuos en relación dentro de un contexto sociocultural, estamos inmersos en una compleja estructura de relaciones de poder (de clase, de etnia, de género, etc) que reproducimos sin darnos cuenta en nuestra vida cotidiana: con familiares, amigos, pareja, compañeros de trabajo, desconocidos, desconocidos “extranjeros”, redes sociales, etc. Incluso escribiendo este texto estoy reproduciendo muchas de ellas al utilizar un determinado lenguaje y no otro, al escribirlo todo en género masculino aunque me esté refiriendo a cualquier género, etc.

Desvelar los mecanismos que actúan en las relaciones de poder, principalmente si reproducen desigualdades, lo considero un asunto capital para comprender que, en lo referido a conducta y pensamiento humanos, no hay nada instintivo ni natural, es decir, que no pueda ser de otra manera, sino que siempre obedece a cierta forma interesada de entender el mundo y lo que en él acontece. De hecho, el que algunas conductas (como las de género) nos parezcan naturales o instintivas, puede considerarse el mayor logro de la ideología dominante, ya que es la mejor forma de asegurarse de que esas relaciones perduren en el tiempo.

Conocer estos mecanismos nos permite identificar las conductas a través de las cuales los reproducimos, valorar sus consecuencias y decidir si queremos dejar de hacerlo o no. Proceso nada fácil, pero muy satisfactorio por el terreno de libertad que se va conquistando.

Suelto este ladrillo introductorio para hablar de un tema que me preocupa y que tiene que ver con el “simple” acto de cruzar la calle. Y pongo simple entre comillas porque de simple no tiene nada, si acaso, sencillo. Y es que cada vez que intentamos cruzar la calle se actualiza ni más ni menos que la lucha por el uso del espacio público. La lucha del hombre contra la máquina representada en el paso de cebra, espacio de intersección compartido entre los vehículos a motor y los peatones. Espacio que legalmente pertenece a la persona que se desplaza a pie pero que en la práctica domina la máquina.

Aunque no se puede echar la culpa de esta diferencia entre legalidad y práctica sólo a los vehículos, ya que ellos se lo permiten porque nosotros, como peatones, les hemos ido dando la autoridad para hacerlo. En el acto de situarnos al borde de la acera y detenernos de forma pasiva, esperando a que aparezca un hueco para poder pasar corriendo o a que un conductor nos dé “permiso” para hacerlo, estamos pisoteando, como peatones, un derecho que nos pertenece.

De este modo vamos empoderando al conductor que, poco a poco, deja de contemplar la posibilidad de parar cuando ve a alguien con intención de cruzar, hasta que llega a percibir como algo natural que los peatones tengan que esperar a que él pase.

Cada vez que me desplazo caminando, me sorprende comprobar la cantidad de personas que tienen esa actitud pasiva que cede la autoridad y da la razón al fuerte. Para qué va a parar el coche si el peatón no tiene intención de cruzar, eso sería de tontos. Estos peatones pasivos confunden lo “normal” (que no es otra cosa que lo “habitual”) con lo “natural”, que es lo que no puede ser de otra manera. Han interiorizado que si alguien más fuerte quiere pasar por encima de su justo derecho, lo natural es que lo haga, y se justifican pensando que si no fuera así no lo haría tanta gente.  

Por eso hay que comenzar a recuperar los espacios que nos pertenecen y cambiar las actitudes con las que damos permiso para que ejerzan poder sobre nosotros. Debemos plantarnos al borde de la acera, mirar con seriedad a los ojos del conductor del primer vehículo que se aproxime -que no tenga dudas de que nuestra intención es pasar y que lo vamos a hacer en ese momento-,  poner un pie en el paso de cebra y comprobar cómo, en casi la totalidad de los casos, el vehículo se detiene para que podamos cruzar.

En los casos en que esto no ocurra intentaremos castigarle mediante una pequeña humillación pública gritándole “¡Esto es un paso de peatones!”, pudiendo añadir algún insulto al gusto, eso sí, que no discrimine por razón de género, etnia, etc. Esto puede parecer poco útil, porque finalmente hemos tenido que esperar a que el vehículo pase para poder cruzar, pero nuestra acción habrá sido coherente con lo que pensamos, y nos sentiremos satisfechos por ello.

Este proceso viene a complicarse con el hecho de que, el que es peatón en un momento dado, pueda ser conductor de un vehículo a motor en otro. Y que cuando está esperando a cruzar un paso de cebra, empatice con el conductor del vehículo que va a pasar y le permita hacerlo antes que él.

Por eso, y con objeto de que esta reivindicación sirva para algo y pueda generar un cambio real, del mismo modo que intentaremos castigar al conductor del vehículo que no nos ha dejado pasar llamándole la atención públicamente, también podemos recompensar al conductor que sí haya parado (por ejemplo con una sonrisa o una mirada de agradecimiento). Y no hay que hacerlo porque tengamos que darle las gracias por nada, ya que ha hecho algo que es su obligación, pero sabemos que si queremos que una conducta se repita, es más probable que lo haga si es recompensada de alguna manera, y una sonrisa o saludo agradecido puede tener este efecto hasta que unos y otros nos hayamos reeducado y las prácticas consideradas normales coincidan con las prácticas que consideramos justas. 




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

miércoles, 3 de julio de 2013

Lo demás es lo de menos

























Muchos de nosotros nos sentimos orgullosos de tener una buena vida. Buena en el sentido que otros la entienden, y a quienes respetamos y admiramos por habernos dicho lo que la buena vida significa.





Fotografía: David Rodríguez
Título: Miguel Ángel Agulló
Texto: Eric Berne




viernes, 21 de junio de 2013

Astronomía razonable



Lo recuerdo como si fuera ayer. El verano se estaba estrenando con fuerza.

Habías dormido en mi casa y nos despertamos muy tarde. Salí de la habitación para beber un poco de agua y tardé en volver porque me entretuve jugando con el gato en la cocina. La verdad es que desde aquel día, siempre me ha parecido demasiada casualidad que justo esa mañana tuviera tantas ganas de jugar. Recuerdo que decías que mi gato podía leerte el pensamiento y ahora me parece evidente que ese día habíais hecho un pacto.

Cuando volví a la habitación te encontré leyendo aquel libro antiguo de astronomía que me regaló mi padre. Aquel que estaba escondido entre los libros que no te interesan. Lo habías abierto por la única página que estaba señalada. 

En esa página aparecía un sencillo esquema de la órbita imaginaria que dibuja la tierra alrededor del sol y que servía de ilustración para explicar la causa de las estaciones. Ese dibujo permitía comprender que el calor y el frío no tienen nada que ver con la distancia de la tierra al sol, sino con la forma en que llegan sus radiaciones.

Paradójicamente, el verano es la estación en que más lejos nos encontramos del sol, pero debido a la inclinación de la tierra durante ese periodo, sus rayos llegan de manera frontal y directa. Por el contrario, el invierno es el momento del año en el que menos distancia hay con el sol pero, por la posición del eje terrestre, sus radiaciones nos alcanzan sólo tangencialmente, por lo que su efecto es escaso.

Fue en ese preciso instante cuando comprendiste que pasar más tiempo juntos no estaba sirviendo para nada. De repente se te hizo evidente el error que habíamos cometido al creer que estar en el mismo sitio implicaba estar en el mismo lugar. 

Pasábamos mucho tiempo juntos: salíamos a cenar, veíamos la tele, paseábamos… pero hablábamos muy poco, y cuando lo hacíamos siempre era sobre otras personas. Las referencias a nosotros mismos y las caricias siempre eran tangenciales e indirectas, como los rayos del sol en invierno. 

A mí me seguía compensando, por eso no te había contado nada, pero al observarte de cerca con el libro en las manos, podía sentir que ya estabas a millones de kilómetros. Te habías marchado en busca de otros lugares donde las radiaciones directas y cálidas fueran una posibilidad.

Y mientras te ibas yo me quedaba allí parado, sin poder moverme por el peso de la gravedad. 

Por el peso de la maldita gravedad.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló