viernes, 21 de junio de 2013

Astronomía razonable



Lo recuerdo como si fuera ayer. El verano se estaba estrenando con fuerza.

Habías dormido en mi casa y nos despertamos muy tarde. Salí de la habitación para beber un poco de agua y tardé en volver porque me entretuve jugando con el gato en la cocina. La verdad es que desde aquel día, siempre me ha parecido demasiada casualidad que justo esa mañana tuviera tantas ganas de jugar. Recuerdo que decías que mi gato podía leerte el pensamiento y ahora me parece evidente que ese día habíais hecho un pacto.

Cuando volví a la habitación te encontré leyendo aquel libro antiguo de astronomía que me regaló mi padre. Aquel que estaba escondido entre los libros que no te interesan. Lo habías abierto por la única página que estaba señalada. 

En esa página aparecía un sencillo esquema de la órbita imaginaria que dibuja la tierra alrededor del sol y que servía de ilustración para explicar la causa de las estaciones. Ese dibujo permitía comprender que el calor y el frío no tienen nada que ver con la distancia de la tierra al sol, sino con la forma en que llegan sus radiaciones.

Paradójicamente, el verano es la estación en que más lejos nos encontramos del sol, pero debido a la inclinación de la tierra durante ese periodo, sus rayos llegan de manera frontal y directa. Por el contrario, el invierno es el momento del año en el que menos distancia hay con el sol pero, por la posición del eje terrestre, sus radiaciones nos alcanzan sólo tangencialmente, por lo que su efecto es escaso.

Fue en ese preciso instante cuando comprendiste que pasar más tiempo juntos no estaba sirviendo para nada. De repente se te hizo evidente el error que habíamos cometido al creer que estar en el mismo sitio implicaba estar en el mismo lugar. 

Pasábamos mucho tiempo juntos: salíamos a cenar, veíamos la tele, paseábamos… pero hablábamos muy poco, y cuando lo hacíamos siempre era sobre otras personas. Las referencias a nosotros mismos y las caricias siempre eran tangenciales e indirectas, como los rayos del sol en invierno. 

A mí me seguía compensando, por eso no te había contado nada, pero al observarte de cerca con el libro en las manos, podía sentir que ya estabas a millones de kilómetros. Te habías marchado en busca de otros lugares donde las radiaciones directas y cálidas fueran una posibilidad.

Y mientras te ibas yo me quedaba allí parado, sin poder moverme por el peso de la gravedad. 

Por el peso de la maldita gravedad.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló