miércoles, 28 de agosto de 2013

Tabúes interiores







Me limité a contemplar el inevitable desmoronamiento de nuestra relación. Me conformé con la opción más cómoda: dejar que ocurriera sin hacer nada.

Esta decisión generó, sin embargo, algunas consecuencias con las que no había contado: comencé a tener problemas para conciliar el sueño y cuando lo conseguía, tenía sueños muy extraños. Sueños que se repetían noche tras noche y de los que, una vez despierto, no conservaba apenas ninguna imagen. Era como si mientras dormía, algo se me hubiera metido en los ojos y me impidiera ver lo que estaba sucediendo. Tan solo recordaba algunas sensaciones. Los músculos de mi cuerpo permanecían en tensión, como si estuvieran al límite del esfuerzo y se escuchaban golpes fuertes y secos, como metálicos.

Por las mañanas, al despertar, las sensaciones también se repetían. Sentía mi cuerpo muy pesado y los brazos doloridos y rígidos. Me costaba mucho moverlos y tenía que esperar varios minutos hasta que pudieran recuperar algo de agilidad. 

El resto del tiempo continuaba con mi actitud contemplativa ante el acontecimiento e intentaba que el progresivo cansancio que iba acumulando de las noches no me impidiera observar con detalle cómo, lo que en principio eran grietas superficiales, se habían ido convirtiendo en profundos y oscuros cismas en los que nos estábamos perdiendo.

El derrumbe parecía inminente. Algunos pedazos ya se habían precipitado y la parte que todavía se sostenía en pie no parecía que fuera a recuperar la estabilidad.

En aquel momento, sin perder el desastre de vista, comencé a caminar hacia atrás para intentar que no me dañara ningún probable desprendimiento. Entonces me percaté de lo que me estaba costando mover el cuerpo. Era como si pesara varias toneladas.

Como pude fui retrocediendo con pequeños pasos, pero cuando llevaba varios centímetros, al introducir mis manos en los bolsillos del pantalón sentí cómo los dedos se hundían en algo que costaba atravesar y dejé de retroceder. Cuando al fin logré introducirlas completamente, cerré los puños y los saqué de nuevo. ¡Tenía los bolsillos llenos de tierra!

Bajé la mirada para observar mi cuerpo y resultó tener la apariencia de estar muy hinchado. Me fui desabrochando los botones de la camisa y comenzaron a caer piedras y tierra del interior.

De la bragueta abierta también caía multitud de tierra que se iba amontonando a mis pies.

Estaba totalmente anclado al suelo y no me había distanciado lo suficiente como para observar el derrumbe sin quedar afectado por él.

Entonces se escuchó en lo alto un ruido brutal, pero ya no levanté la mirada. Sabía que era otro fragmento que se había desprendido, y también sabía que iba a caer directamente sobre mi cabeza.

Cerré los ojos con fuerza esperando el impacto.

Y desperté de golpe.

Abrí los ojos aturdido pero no podía ver nada. Era como si se me hubiera metido algo que me impidiera ver lo que estaba sucediendo. No tenía ni idea de dónde me encontraba.

Entonces me puse en pie y progresivamente la imagen se fue volviendo más nítida. Nítida hasta el punto de permitirme ver algo hasta entonces inconcebible.

Me encontraba en lo alto de un polvoriento montón de escombros empuñando un gran martillo metálico ya desgastado por el uso.

No quedaba nada en pie.

En ese momento me di cuenta de lo sucedido.

Justo cuando ya había terminado el trabajo comprendí que sólo se puede ver en la medida que se es capaz de soportar.





Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 21 de agosto de 2013

Lo urgente vs lo importante


Cuando era pequeño me encantaba meterme el dedo en la nariz.

Perdía la noción del espacio y el tiempo escarbando en mis orificios nasales, buscando algo mínimamente sólido que pudiera ser extraído, amasado y lanzado a cualquier parte.

Un fin de semana, después de haber pasado el día fuera con mis padres ocurrió algo insólito durante el viaje de vuelta a casa: los 45 minutos del trayecto en coche los pasé sin parar de sacarme mocos. Daba igual el agujero en el que metiera el dedo; cuando sacaba el que parecía ser el último, al buscar de nuevo siempre aparecía otro de similar calibre y textura esperando en algún rincón. 

Cuando llegamos a casa le comenté a mi madre lo sorprendido que estaba con lo ocurrido, ya que no entendía cómo mi nariz podía fabricar mocos a ese ritmo.

Mi sabia madre me explicó entonces que no era la nariz la responsable de crear esos mocos, sino que era yo, al introducir mis dedos sucios de no habérmelos lavado en todo el día, el que los creaba cada vez que metía el dedo para buscarlos.

En aquel momento creí que lo que me acababan de explicar era simplemente el origen de la formación de los mocos, pero fue años después cuando me di cuenta de la importancia vital de aquella lección:

Resulta que era yo mismo quien intentando dejar limpia mi nariz, iba creando la propia basura que después me encontraba y tan bien me hacía sentir al sacarla.

Había creado un círculo vicioso en el que me sentía útil creyendo que estaba solucionando algo, cuando lo que hacía realmente era crear y perpetuar el problema que después necesitaba solucionar. 

Si aquel viaje hubiera durado cinco horas podría haber estado cinco horas sacándome mocos, igual que si hubiera durado dos días... o si estuviera durando toda mi vida.

Actualmente continúo metiéndome el dedo de vez en cuando, aunque ahora soy más precavido y me lavo las manos antes de empezar. 

No quiero crear más mierda de la estrictamente necesaria.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 14 de agosto de 2013

Déjalos que brillen



Ocurre actualmente que solemos confundir el yo con el mi, como si lo que yo soy  tuviera algo que ver con lo que yo tengo.

De este modo, buscamos mejorar la idea de lo que somos consumiendo la expectativa de que, una vez nos pertenezca un determinado objeto, seremos algo cualitativamente diferente a lo que éramos antes de poseerlo.

Suele ocurrir también que una vez ese objeto es nuestro, la expectativa, y por tanto, el deseo, se esfuman provocando la aparición de un vacío que necesitaremos rellenar con nuevas expectativas y deseos...

...pasándonos la vida así, buscando la felicidad entre vacío y vacío.




Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 7 de agosto de 2013

La pescadilla que se muerde la boca



Llevo varios días con problemas para quedarme durmiendo y empieza a angustiarme la idea de que aparezca el insomnio, así que he decidido poner todos los medios para que esto no ocurra.

Lo primero que he hecho ha sido poner en facebook que me está costando mucho dormir. Luego he buscado información en Internet sobre el insomnio y en Wikipedia he leído que es recomendable minimizar la luz y el ruido al acostarme. He salido a comprarme un antifaz y unos tapones para los oídos. Al medio día he comido con un amigo y le he contado con detalle la angustia que siento por el miedo a no poder dormir. Por la tarde he hecho ejercicio para estar cansado por la noche. Al llegar a casa me he duchado y después me he bebido un vaso de leche y me he comido un plátano porque he visto en Internet que son fuente de triptófano, un aminoácido que ayuda a regular el sueño. He puesto en facebook que voy a acostarme y que a ver si esta noche hay suerte. Al entrar en mi habitación he bajado del todo la persiana y he cerrado la puerta. A continuación me he puesto los tapones en los oídos, he puesto el despertador mirando a la pared para no poder mirar el tiempo que ha pasado desde que me acosté. Me he tumbado en la posición en la que suelo dormir y me he puesto el antifaz. A continuación he hecho un esfuerzo por relajarme…


Se está haciendo de día y no he dormido absolutamente nada. Después de tener en varias ocasiones la sensación de volverme loco, me he dado cuenta de varias cosas:

Que es imposible quedarse durmiendo prestando atención a si esto ocurre o no.

Que temiendo que ocurriera algo, he acabado provocándolo.

Que un problema suele alcanzar la magnitud de la importancia que se le da.

Y que, por tanto, en la medida de lo posible hay que evitar evitar.



Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló


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