miércoles, 30 de octubre de 2013

Constantes vitales



Cuando era pequeño, jugando en el campo con mi perro, me di cuenta de que si me quedaba quieto sin hacer nada sus ojos se dirigían con especial atención a determinadas partes de mi cuerpo: la boca, los ojos y las manos.

Me sorprendió que no mirara a ninguna otra parte o que lo hiciera de forma insignificante en comparación con el interés que mostraba por estas zonas concretas.

Mientras estaba frente a mí moviendo el rabo, iba cambiando la mirada de una parte a otra; de los ojos pasaba a las manos, de ahí a la boca y a los ojos de nuevo, luego volvía a la boca otra vez y de nuevo a las manos y a los ojos...

Al poco tiempo me di cuenta de que miraba esas partes porque eran sus fuentes de caricias: con los ojos recibía atención cuando lo miraba, con la boca lo llamaba para darle la comida, jugar con él o decirle cosas agradables y con las manos le daba el alimento y lo acariciaba.

La verdad es que tenía mucho sentido todo esto; el resto de partes del cuerpo no existían para él; no le ofrecían nada de provecho y seguramente su función no sería otra que la de mantener en sus posiciones las partes importantes que realmente configuraban a su amo.

A los pocos días se escapó del campo y cruzó la carretera sabiendo que no debía hacerlo. Cuando regresó se situó frente a mí con el rabo entre las piernas. En esta ocasión también miraba atentamente mis ojos, mi boca y mis manos.

No acababa de explicarme por qué en ese momento seguía mirando a estas partes si yo no estaba pensando precisamente en acariciarle.

Entonces entendí que las partes a las que miraba con tanta atención también eran fuente de castigo: con los ojos podía mirarle con desprecio o negarle la mirada; con la boca podía gritarle o mandarle a su caseta; con las manos podía azotarle, retirarle la comida o esconder su juguete.

Comprendí el poder que me ofrecía su actitud sumisa. Realmente estaba en mi mano acariciarle o castigarle según le quisiera ver moviendo el rabo o atemorizado.

También me di cuenta de que, independientemente del motivo que le provocara un estado u otro, lo que nunca iba a hacer por sí mismo es abandonarme, ya que aunque lo deseable es recibir caricias positivas, siempre va a ser preferible recibir caricias negativas (castigos) a no recibir caricia alguna.

Al fin y al cabo, cuando recibimos caricias negativas nos están prestando atención, y si nos prestan atención sentimos que, de algún modo, existimos para ese otro deseado.

Y eso nos sirve.







Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 23 de octubre de 2013

Esta vida es un quiero y no debo

- Qué triste que te reproches a ti mismo lo que no te atreves a reprocharle a los demás.

- Qué triste que siempre estés reconociendo a los demás lo que te gustaría que ellos te reconocieran a ti.








Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 16 de octubre de 2013

El goce hace el cariño

- Me apetece que me folles.

- ¿No es lo que acabo de hacer?

- Desde que me dejaste sólo sabes hacerme el amor.







Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 9 de octubre de 2013

La paz armada

Como he hecho algo que está mal pero no tengo el valor de contártelo, voy a hacer cosas que no me apetecen pero sé que valoras para poder convivir con el sentimiento de culpa.

Como me he dado cuenta de que has hecho algo malo y va a ser doloroso que hablemos de ello, voy a conformarme con que hagas cosas bonitas por mí obviando los motivos.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuanto más malo es uno menos malo se siente




Crees que te conoces mejor porque has aprendido a identificar qué es lo que buscas al hacer lo que haces. Ahora te falta lo más difícil, saber qué es lo que evitas al hacer lo que haces.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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