miércoles, 25 de diciembre de 2013

Sobre la construcción de la realidad



Cuando estoy estudiando, suelo señalar con rotulador fluorescente lo que considero que es más importante para que resalte sobre el resto y mi atención se dirija intuitivamente a esa parte del folio nada más mirarlo.

Me ocurre a veces que, al no tener un criterio claro sobre qué es lo más importante, acabo subrayando la mayor parte del texto en las sucesivas lecturas.

Es entonces, al estar casi todo subrayado, cuando empiezo a darme cuenta de que la parte que ahora llama mi atención es, paradójicamente, la que está sin fluorescente, porque es la que más destaca sobre la nueva normalidad. A partir de ese momento, empiezo a dejar de subrayar sólamente lo que considero que es más importante.


Cuando sucede esto, me viene a la cabeza algo que Andy Warhol escribió hace unos años...

Cuando estás en Suecia y ves una y otra y otra persona hermosa hasta que finalmente ya ni te giras para mirar porque sabes que la próxima que encuentres será tan hermosa como aquella por la que no te molestaste en girarte para mirar, cuando estás en un lugar así puedes llegar a aburrirte tanto que cuando ves a una persona que no es hermosa, te parece muy hermosa porque rompe con la hermosa monotonía (1981).






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Outlet emocional


- ¿Cuándo vas a empezar a hacer lo que quieras?

- Cuando tú me digas.









Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Construcción de la conducta neurótica


Me senté frente al ordenador y comencé a escribir, como cada semana, un nuevo texto para el blog. Habitualmente cuando me siento a escribir ya tengo pensada la idea que voy a desarrollar, sin embargo esta vez ocurrió algo que iba a condicionar el relato que estaba narrando. Una situación inesperada que me obligó a tomar algunas decisiones de una trascendencia vital:

Los hechos se iniciaron aparentemente en un punto y aparte cualquiera cuando ya llevaba varios párrafos escritos. En ese preciso instante en el que, después de haber puesto el punto que concluye un párrafo, pasé a una nueva línea para continuar con el siguiente.

Todavía no había terminado de escribir la primera frase cuando me di cuenta de que las palabras de este nuevo párrafo no tenían nada que ver con las anteriores. El tipo y tamaño de letra que ahora aparecían eran totalmente diferentes a las que yo había seleccionado. Inmediatamente, y como si fuera un acto reflejo, borré toda la frase hasta que volví a situarme al final del párrafo anterior para repetir el ritual de pasar al siguiente de nuevo y poder continuar con la tipografía que estaba utilizando hasta entonces.

No hubo suerte: al empezar a escribir de nuevo, volvió a aparecer esa tipografía extraña que tanto chirriaba con la anterior. No comprendía cómo, sin haber tocado nada -al menos de forma voluntaria o consciente- las condiciones para seguir escribiendo habían cambiado de este modo. Parecía como si a partir de ese momento estuviera obligado a escribir de una forma que ni había elegido ni me gustaba.

Intenté rectificar el texto de la única forma que sabía -borrando y volviendo a escribir- pero después de cuatro o cinco intentos me di cuenta de que con esa estrategia no iba a solucionar nada. De hecho, con cada intento empeoraba la situación porque me iba sintiendo más frustrado y percibía lo que estaba escribiendo como más incongruente.

Empezaba a estar convencido de que, al desconocer la causa del problema, me iba a resultar imposible rectificarlo.

Entonces lo vi claro: en lugar de gastar energía intentando identificar el origen de ese extraño cambio, me resultaría menos costoso modificar el resto del texto para adaptarlo a la nueva tipografía. Pensándolo bien, lo que más me preocupaba no era tanto el síntoma en sí como el problema que pudiera evidenciar. De este modo, al adaptar el entorno al síntoma, este no se hacía evidente y mi preocupación desaparecería. 

Así, con los nuevos cambios -esta vez voluntarios- el texto fue adquiriendo apariencia de normalidad  y coherencia al no haber ningún elemento que llamara la atención. Sin embargo, pese a que esta solución me aportó sensación de tranquilidad a corto plazo, resultó no ser más que un espejismo, ya que aunque había conseguido ocultar el síntoma, el problema seguía latente. Es decir, que pese a que la apariencia era de orden, seguía sin tener control alguno sobre el problema subyacente y podía volver a manifestarse en cualquier momento. 

Empecé a comprender entonces que lo más grave no era tanto la falta de control sobre el problema, como que a partir de ese momento pasaba a estar condicionado por el síntoma que lo manifestaba, ya que al decidir ocultarlo, era este el que empezaba a determinar las reglas del texto. 

Poco después llegó la siguiente fase del proceso: al haber tenido que forzar todo el texto para adaptarlo al síntoma y que este no fuera delatado, comenzaron a surgir nuevos síntomas en partes que hasta ese momento no habían presentado problema alguno, viéndome obligado entonces a ocultarlos, haciendo malabarismos cada vez más complicados para ir adaptando el texto y poder seguir manteniendo la apariencia de "normalidad".

De este modo, queriendo convencerme de que esa apariencia era real, fui distorsionando los recuerdos y perdiendo la perspectiva sobre los acontecimientos. Me había convertido así en esclavo de un problema que, decisión a decisión, yo mismo había ido creando.

Finalmente, cansado ya de la situación, he optado por identificar el lugar exacto en el que apareció el primer síntoma con la intención de comprender el problema y, esta vez sí, buscar una solución auténtica. Sin embargo, me doy cuenta de que al haberme esforzado tanto por ir enmascarándolo, ha quedado tan oculto que ahora me resulta imposible acceder a él por mí mismo. 






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Encuentra las 1000 diferencias



- Estoy contigo porque no puedo imaginarme sin ti.

- Estoy contigo precisamente porque puedo imaginarme sin ti.








Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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