miércoles, 11 de diciembre de 2013

Construcción de la conducta neurótica


Me senté frente al ordenador y comencé a escribir, como cada semana, un nuevo texto para el blog. Habitualmente cuando me siento a escribir ya tengo pensada la idea que voy a desarrollar, sin embargo esta vez ocurrió algo que iba a condicionar el relato que estaba narrando. Una situación inesperada que me obligó a tomar algunas decisiones de una trascendencia vital:

Los hechos se iniciaron aparentemente en un punto y aparte cualquiera cuando ya llevaba varios párrafos escritos. En ese preciso instante en el que, después de haber puesto el punto que concluye un párrafo, pasé a una nueva línea para continuar con el siguiente.

Todavía no había terminado de escribir la primera frase cuando me di cuenta de que las palabras de este nuevo párrafo no tenían nada que ver con las anteriores. El tipo y tamaño de letra que ahora aparecían eran totalmente diferentes a las que yo había seleccionado. Inmediatamente, y como si fuera un acto reflejo, borré toda la frase hasta que volví a situarme al final del párrafo anterior para repetir el ritual de pasar al siguiente de nuevo y poder continuar con la tipografía que estaba utilizando hasta entonces.

No hubo suerte: al empezar a escribir de nuevo, volvió a aparecer esa tipografía extraña que tanto chirriaba con la anterior. No comprendía cómo, sin haber tocado nada -al menos de forma voluntaria o consciente- las condiciones para seguir escribiendo habían cambiado de este modo. Parecía como si a partir de ese momento estuviera obligado a escribir de una forma que ni había elegido ni me gustaba.

Intenté rectificar el texto de la única forma que sabía -borrando y volviendo a escribir- pero después de cuatro o cinco intentos me di cuenta de que con esa estrategia no iba a solucionar nada. De hecho, con cada intento empeoraba la situación porque me iba sintiendo más frustrado y percibía lo que estaba escribiendo como más incongruente.

Empezaba a estar convencido de que, al desconocer la causa del problema, me iba a resultar imposible rectificarlo.

Entonces lo vi claro: en lugar de gastar energía intentando identificar el origen de ese extraño cambio, me resultaría menos costoso modificar el resto del texto para adaptarlo a la nueva tipografía. Pensándolo bien, lo que más me preocupaba no era tanto el síntoma en sí como el problema que pudiera evidenciar. De este modo, al adaptar el entorno al síntoma, este no se hacía evidente y mi preocupación desaparecería. 

Así, con los nuevos cambios -esta vez voluntarios- el texto fue adquiriendo apariencia de normalidad  y coherencia al no haber ningún elemento que llamara la atención. Sin embargo, pese a que esta solución me aportó sensación de tranquilidad a corto plazo, resultó no ser más que un espejismo, ya que aunque había conseguido ocultar el síntoma, el problema seguía latente. Es decir, que pese a que la apariencia era de orden, seguía sin tener control alguno sobre el problema subyacente y podía volver a manifestarse en cualquier momento. 

Empecé a comprender entonces que lo más grave no era tanto la falta de control sobre el problema, como que a partir de ese momento pasaba a estar condicionado por el síntoma que lo manifestaba, ya que al decidir ocultarlo, era este el que empezaba a determinar las reglas del texto. 

Poco después llegó la siguiente fase del proceso: al haber tenido que forzar todo el texto para adaptarlo al síntoma y que este no fuera delatado, comenzaron a surgir nuevos síntomas en partes que hasta ese momento no habían presentado problema alguno, viéndome obligado entonces a ocultarlos, haciendo malabarismos cada vez más complicados para ir adaptando el texto y poder seguir manteniendo la apariencia de "normalidad".

De este modo, queriendo convencerme de que esa apariencia era real, fui distorsionando los recuerdos y perdiendo la perspectiva sobre los acontecimientos. Me había convertido así en esclavo de un problema que, decisión a decisión, yo mismo había ido creando.

Finalmente, cansado ya de la situación, he optado por identificar el lugar exacto en el que apareció el primer síntoma con la intención de comprender el problema y, esta vez sí, buscar una solución auténtica. Sin embargo, me doy cuenta de que al haberme esforzado tanto por ir enmascarándolo, ha quedado tan oculto que ahora me resulta imposible acceder a él por mí mismo. 






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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