miércoles, 8 de enero de 2014

El sueño de PJ Harvey (o la función social del prestigio)


Recuerdo que estaba en un concierto, pidiendo una copa en la barra de uno de los laterales del local. No había demasiada gente. Se estaba bien.

Recuerdo que me estaban sirviendo la copa de vodka con limón que había pedido cuando a mi derecha apareció PJ Harvey (Polly a partir de ahora).

Recuerdo que la primera impresión que tuve es la que obedece a la lógica: había venido a la barra a pedir una copa. Pocos segundos después me di cuenta de que el motivo por el que se había acercado era presentarse y poder hablar conmigo.

Recuerdo que me tembló mucho la voz cuando la saludé: "Hola Polly".

Recuerdo que me dijo que no me había quitado ojo desde el momento en el que entré al local y que sentía una necesidad irrefrenable de conocerme. Me sorprendía que fuera todo tan explícito. No se preocupaba en absoluto por ocultar su interés. A continuación me preguntó qué me había pedido y pidió otra copa de lo mismo.

Recuerdo que no podía creer lo que estaba sucediendo: yo la admiraba profundamente desde hacía años. Seguía su carrera desde que sacó el disco "To bring you my love" en 1995 y había ido a verla en directo varias veces. Incluso me había masturbado pensando en ella en alguna ocasión. Y ahora la tenía a mi lado, y estaba aquí por mí.

Recuerdo que todo lo que decía sonaba muy honesto.

Recuerdo que me abrazó lentamente, acercó sus carnosos labios a mi oído y me dijo que en cinco días fuera a cenar a su casa. Me esperaba a las diez. A continuación bebió un último trago y se despidió hasta entonces. 

Me sentía muy eufórico.

Recuerdo que durante los días siguientes fui contando lo que me había sucedido a toda la gente que conocía. Consideraba que todos debían saberlo.

Recuerdo que cuando lo contaba sentía algo muy parecido al placer. Percibía una mezcla de admiración y envidia en la reacción de los demás y esto hacía que la confianza en mí mismo aumentara hasta límites que nunca antes había experimentado.

Recuerdo que al llegar el quinto día, tenía la absoluta certeza de que la noticia se había extendido de tal manera que no podía quedar nadie que supiera de mí que no tuviera conocimiento de lo que había pasado.

Recuerdo que cuando llegó la hora de ir a su casa imaginé a Polly esperándome, sentada en una silla de su cocina, con la mesa preparada y bebiendo una copa de vino tinto. Había preparado una cena especial.

Recuerdo que justo antes de salir se me presentó cualquier otro plan y finalmente no acudí a la cita. Tampoco la llamé para avisar.

Daba por hecho que para entonces todos sabrían lo que me había ocurrido y me admiraban por ello.

También recuerdo que mi motivación por quedar con ella se había agotado justo en ese preciso instante.






Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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