miércoles, 30 de abril de 2014

Complejo de progreso*



Piensa en esto: cuando adquirimos un teléfono táctil adquirimos un pedazo del futuro que diseñaron en nuestro imaginario cuando éramos pequeños; una ilusión pensada por otros para que experimentemos la idea de lo que debe ser el progreso.

No adquirimos sólamente un teléfono con el que llamar y tener muchos planes, porque pensamos que estar más comunicados significa estar mejor comunicados. Adquirimos la posibilidad de estar disponibles para todo el mundo todo el tiempo; Adquirimos la necesidad de tenerlo siempre a mano y mirar la pantalla cada pocos segundos para tener la certeza de que no nos estamos perdiendo nada; Adquirimos la creencia de que, al tocar directamente sobre la pantalla, hacemos menos movimientos con el dedo que cuando pulsábamos botones, sintiéndonos así más inteligentes y eficaces.

Adquirimos la posibilidad de nombrarnos y hacernos presentes en las redes sociales, y por tanto, de dar cuenta de nuestra propia existencia; Adquirimos la necesidad de sentir una y otra vez ese placentero alivio que provoca saber lo que hay que saber en el momento en el que está ocurriendo, y no más tarde, cuando ya ha perdido todo su valor; Adquirimos la necesidad de expresar lo que estamos haciendo o pensando, para que, al ser compartido, adquiera significado.

Adquirimos la necesidad de pensar en cómo nos piensan los demás, y de intervenir en ello seleccionando y publicando la información adecuada para salir lo más guapo/a posible en la imagen mental que tienen de nosotros; Adquirimos la sensación de estar viviendo nuestra vida en directo, porque las cosas ya no ocurren en el espacio físico en el que nos encontramos, sino en el espacio virtual en el que las contamos. 

Realmente no era el teléfono táctil lo que estaba en la mente de quienes diseñaron el futuro en el que estamos viviendo; Ni siquiera los televisores de plasma, ni las casas "inteligentes", ni los coches que aparcan solos, ni los robots de cocina. Tampoco los marcos digitales ni los cepillos de dientes eléctricos... éramos nosotros, como consumidores de esta idea de progreso, los que estábamos siendo imaginados y hechos realidad.

No adquirimos un teléfono táctil, nosotros somos los adquiridos.







Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.


*Este texto está inspirado en el relato de Julio Cortázar "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj" leído por él mismo en este enlace.

miércoles, 23 de abril de 2014

La respuesta del millón

- ¿Cuándo podremos decir que lo nuestro ha terminado definitivamente?

- Cuando no esté delante para que me lo puedas preguntar.









Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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miércoles, 16 de abril de 2014

Entre los muslos


Cuando era pequeño pasaba los veranos con mi familia en la casa que teníamos en el campo.

Una de las mejores sensaciones que recuerdo de aquella época era cuando tenía sed en los días de más calor y yo mismo sacaba agua del pozo que había en el patio interior de la casa.

Lo primero que hacía era quitar la tapadera que cubría el agujero y dejarla apoyada a un lado. A continuación, cogía el cubo de metal agarrando el extremo de la cuerda que estaba atada al asa y lo dejaba caer hasta que chocaba con la superficie del agua, cuatro o cinco metros más abajo.

Cuando notaba que el agua empezaba a entrar en el cubo, daba pequeños tirones de la cuerda, hundiendo el cubo entre tirón y tirón para removerla y evitar cualquier impureza que hubiera flotando en la superficie.

Una vez que el cubo estaba a rebosar, subía la cuerda hasta sacarlo al exterior.

En ese momento tapaba de nuevo el agujero del pozo, que por aquellos años me llegaba a la altura del pecho, apoyaba el cubo sobre la tapa y daba comienzo mi parte favorita del ritual:

Cogía el cubo con ambas manos, presionándolo con fuerza desde cada lado. A continuación metía la cara poco a poco dentro del agua, hasta la altura de las orejas aproximadamente. Entonces abría la boca y aspiraba todo el líquido que podía, tragándolo como si fuera aire hasta que la sensación de saciedad me obligaba a dejar de hacerlo.

Una vez saciado, me quedaba unos segundos en esa misma posición, con la cara sumergida y los ojos cerrados. Concentrándome en la sensación de frescor que iba avanzando hacia mi interior. Sintiéndome aislado del calor extremo durante esos gloriosos instantes.

Finalmente soltaba mis manos del cubo, sacaba mi cara brillante del agua, miraba hacia atrás para asegurarme de que nadie me había visto y volvía a verter en el pozo el agua que había sobrado.

Al terminar, nunca me secaba la cara.








Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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miércoles, 9 de abril de 2014

Hacer los deberes


- Siempre has hecho lo correcto

- Así es.

- Eso ha estado bien, pero no ha sido bueno.








Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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miércoles, 2 de abril de 2014

Regresión al futuro

- ¿Jugamos a conformarnos con no estar mal?

- Vale, pero sólo durante unos años.










Fotografía: David Rodríguez
Texto: Miguel Ángel Agulló

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