miércoles, 16 de abril de 2014

Entre los muslos


Cuando era pequeño pasaba los veranos con mi familia en la casa que teníamos en el campo.

Una de las mejores sensaciones que recuerdo de aquella época era cuando tenía sed en los días de más calor y yo mismo sacaba agua del pozo que había en el patio interior de la casa.

Lo primero que hacía era quitar la tapadera que cubría el agujero y dejarla apoyada a un lado. A continuación, cogía el cubo de metal agarrando el extremo de la cuerda que estaba atada al asa y lo dejaba caer hasta que chocaba con la superficie del agua, cuatro o cinco metros más abajo.

Cuando notaba que el agua empezaba a entrar en el cubo, daba pequeños tirones de la cuerda, hundiendo el cubo entre tirón y tirón para removerla y evitar cualquier impureza que hubiera flotando en la superficie.

Una vez que el cubo estaba a rebosar, subía la cuerda hasta sacarlo al exterior.

En ese momento tapaba de nuevo el agujero del pozo, que por aquellos años me llegaba a la altura del pecho, apoyaba el cubo sobre la tapa y daba comienzo mi parte favorita del ritual:

Cogía el cubo con ambas manos, presionándolo con fuerza desde cada lado. A continuación metía la cara poco a poco dentro del agua, hasta la altura de las orejas aproximadamente. Entonces abría la boca y aspiraba todo el líquido que podía, tragándolo como si fuera aire hasta que la sensación de saciedad me obligaba a dejar de hacerlo.

Una vez saciado, me quedaba unos segundos en esa misma posición, con la cara sumergida y los ojos cerrados. Concentrándome en la sensación de frescor que iba avanzando hacia mi interior. Sintiéndome aislado del calor extremo durante esos gloriosos instantes.

Finalmente soltaba mis manos del cubo, sacaba mi cara brillante del agua, miraba hacia atrás para asegurarme de que nadie me había visto y volvía a verter en el pozo el agua que había sobrado.

Al terminar, nunca me secaba la cara.








Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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