miércoles, 28 de enero de 2015

Nos construimos rememorando






Piensa en los acontecimientos más importantes que han ocurrido en tu vida: centra tu atención en ellos y a continuación intenta reflexionar sobre la función que puede cumplir ese recuerdo en tu memoria para que esos acontecimientos y no otros se hayan hecho presentes al realizar este sencillo ejercicio.

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Suele ocurrir que, cuando uno reflexiona sobre lo objetivo y los subjetivo, sobre si la realidad existe fuera de nosotros o somos nosotros mismos quienes la creamos, puede acabar deduciendo que todo puede estar más o menos sesgado, manipulado y/o construido menos nuestra propia vida, ya que lo que hemos vivido lo hemos visto con nuestros propios ojos, y por tanto, parece incuestionable.

Sin embargo, en lugar de hablar sobre lo que hemos vivido, sería más correcto hablar sobre lo que recordamos que hemos vivido, ya que cuando pensamos en nuestra propia vida no recordamos todo lo que nos ha ocurrido. Recordamos unas cosas y no otras, del mismo modo que, a las cosas que recordamos, les atribuimos unos significados y no otros. De hecho, las recordamos precisamente porque, para nosotros, explican de alguna manera lo que vamos siendo en cada momento.

Esos significados van evolucionando al servicio del aquí y el ahora al entrar a formar parte de nuestra memoria desde el mismo momento en el que quedamos impactados por su ocurrencia. Como afirma el filósofo y antropólogo Carmelo Lisón Tolosana (2010): finalizamos el pasado desde y para el presente. La mirada sobre el pasado es selectiva y no tenemos un anclaje permanente porque todo cambia.

Hay situaciones ocurridas en nuestra vida que utilizamos como referentes a partir del aprendizaje sufrido por la experiencia. Son acontecimientos importantes para nosotros, que guían, en gran medida, nuestros pensamientos, emociones y conductas.

El pasado nunca es sólido ni estático, se resignifica desde el presente: las decisiones tomadas, sus consecuencias, las relaciones familiares, de amistad, de pareja y expareja, las enfermedades, fiestas que nos hemos pegado y que nos hemos perdido, fallecimientos cercanos, libros leídos, decepciones, éxitos, fracasos y demás acontecimientos a los que asociamos emociones, van manteniendo o modificando su significado para tener una coherencia con la idea que necesitamos tener sobre lo que somos en la actualidad (sea esta idea positiva o negativa). 

Para ilustrarlo con un ejemplo, imaginemos una relación de pareja más o menos satisfactoria: es habitual que estando en pareja se idealice el inicio de la relación y las mejores experiencias vividas juntos: los viajes, algunas películas, algunos polvos, algunos “te quiero” y otras situaciones que van dando sentido a lo que es estar en pareja. Pues bien, si esta pareja se rompiera, por ejemplo, porque uno de los dos se ha enamorado de otra persona, la persona que ha sido dejada dotaría de un nuevo significado a la relación, a su -ahora- expareja, e inevitablemente, a sí mismo/a, para hacer coherente y soportable la nueva situación.

De nuevo en palabras de Carmelo: El pasado es movedizo. Lo fabricamos para servirnos de él.

Es por ello, que vamos construyendo nuestra identidad en base a información seleccionada e interpretada de forma subjetiva al servicio de las necesidades actuales, y esto siempre va a estar mediado por las emociones. Como ya he comentado, solemos tener claro cuáles son los hitos en nuestra vida, que han conformado la idea que tenemos sobre nosotros mismos en la actualidad, pero debemos ser conscientes de que se trata de un proceso dinámico de continua reconstrucción que solo finaliza con la muerte.




Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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