miércoles, 6 de mayo de 2015

La rentabilidad del síntoma

Me encanta viajar en tren.
Y utilizar el ascensor en los edificios altos.
Y que me hagan esperar en las salas de espera.

Me encanta estar en sitios donde forzosamente
no puedo hacer otra cosa que esperar.
Donde no hacer nada es la única posibilidad.

Entrar de forma voluntaria en un (no) lugar
donde la longitud del tiempo de espera
y lo que en él pueda hacer,
no dependa de mí.

Porque es durante esos instantes,
cuando puedo disfrutar de la sensación de disponer de un tiempo
en el que no puedo hacerme cargo de los asuntos pendientes,
de los asuntos inconclusos.

Dónde sólo puedo no hacer nada,
sin tener que sentirme mal por ello.

Porque muchas veces dejo de hacer cosas,
pero lo hago por decisión propia,
y por lo tanto siento que debería estar aprovechando el tiempo.
Y lo que es peor,
podría hacerlo.

Es por ello que me encanta que me hagan esperar.
Para experimentar así el placer
del paréntesis forzado.





Fotografía: David Rodríguez.
Texto: Miguel Ángel Agulló.

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1 comentario:

  1. Sencillamente me encanta, hasta he aprendido una nueva forma de enfocar las insidiosas esperas, sois geniales, besitos

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